miércoles, 27 de mayo de 2020

Jugando para llegar al capítulo siete


           Todavía me ilumina el olor de esa mañana. Todavía me acuerdo el bostezo del cielo observado desde nuestros cuerpos sudados, satisfechos. Todavía disfruto la claridad de sus ojos llenos de tinta mirándome, con un delgado velo formado por su rebelde cabellera. 
            Lo que aún no recuerdo es porque elegí ese momento, ese preciso momento para regalarle lo más preciado que tuve en años. Porque, en un instante cobró sentido toda esa serie de letras negras impresas ya no en papel sino en mí, pero olvidadas. Olvidadas quizás porque era la primera vez que un cuerpo (su cuerpo) me las recitaba. Recuerdo, sí, la falta de pudor por mi desnudez, tantas veces disfrutada por nosotros. Fue automático, no en el sentido de algo hecho sin conciencia, sino porque mi deseo se adelanto a mi mente, a mi posibilidad de razonar consecuencias (como siempre me pasa). No existió duda. Sabía que había encontrado la razón de mi profunda emoción al leerlo por primera vez.
            Capitulo siete. Confieso que me cuesta escribir sobre esto. Deseo haber podido guardar esa sensación tan etérea en algo más corpóreo: eso me impulsa a escribirlo. Deseo abrir un frasco de vidrio e inundar los momentos en los que el dolor su ausencia me debilita las piernas y, como si fuera un calmante, repare el vacío de su sonrisa. Deseo inventar algo que me haga posible imprimir en secuencia la hermosa (hermosísima) transformación de su cara cuando cada palabra flotaban a su alrededor. 
            Recuerdo, olvido, todavía… ¿Es mucho no? Así fue, las emociones producidas en mí tanto tiempo atrás, cuando nada ni nadie me advirtió que nos íbamos a conocer, surgieron de pronto. Es increíble como un conjunto de manchas sobre un papel, de pronto tomaron forma frente a mí. Otra forma. Su forma. Cada juego de palabras, cada metáfora irrisoria, cada punto y cada coma se dibujaban perfectamente, dibujaban lo que sentía al momento de besarnos, al amarnos y al escucharnos. Entendí mucho más de nosotros. Eso me hace estar acá, convertido en esto, en esas manchas que, como un oráculo silencioso, me predijo muchos años antes esta mañana.
            Ahora un pedido, un ruego: que después de escuchar aquello pueda leer esto. Pero no para que salte hasta llegar al cielo sino para quedarse sobre él, con un pie levantado y los ojos cerrados; para sentir lo que sentía en ese momento en que disfrutaba lo que leía. Yo empecé a disfrutarlo después de escribir el primer deseo.

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