La Plata, 3 de abril de 2024
Querido:
Me decidí a escribirte una carta. Una que llega en otro formato. Una que llega en otro tiempo.
Quiero contarte algunas cosas de mí, me gustaría que me cuentes algunas cosas de vos. Esas cosas que a veces la distancia física (que debo confesarte hoy no es tan perturbadora aunque un océano de distancia se encapriche en querer que sienta lo contrario).
Empiezo yo (por imperio de éste impulso)
Hace muy poquito tiempo comencé a usar, nuevamente, anteojos. Para verdecerca. Hago alarde de tener excelente visión a la distancia: y eso me hace volver a vos. Pero no me quiero ir por las ramas, una práctica que me termina envolviendo.
Comencé a leer nuevamente, costumbre que tenía en pausa por la cuestión oftalmológica antes dicha. El primer libro que abordé en esta repetida novedad fue Ñeri de Juan Solá y sin adentrarme demasiado en su argumento, voy a lo que me importa para justificar esta carta: hay allí distintas epístolas (sinónimo que uso para no seguir repitiendo la palabra carta).
Me rozó el corazón las que escribió Agustín a Federico. En este caso sólo las escritas por Agustín en éstas tierras que habito y su interlocutor en España (ups). Pero lo que más me conmovió fue la alusión al soporte: por correo electrónico (en una computadora de uso público). ¿Te recuerda algo?
Evoqué, más precisamente, nuestro deseo irrefrenable de seguir en contacto, de saber el uno del otro. Con variabilidad en su intensidad, por momentos, por las propias características que le fuimos dando a ésta historia (nuestra propia historia) de amor.
Y algo que me alegra es nuestra talento para esquivar las doctrinas (con mayor o menor éxito) y el vaivén entre mi intensidad que hace equivoco mi mensaje y tu amorosa cautela, por la que me siento cuidado (aunque mi carácter resuelve mis disconformidades en una catarata de escritura, que no sé si es el mejor)
Tengo el recuerdo íntegro de un correo electrónico que me enviaste, en tu periplo con epicentro en una gran montaña, contàndome un sueño que tuviste, en el que yo aparecìa. Recientemente nos habíamos encontrado en mi departamento en Floresta, nuestro refugio y caja de secreto para nuestros besos y abrazos, respecto de autos y relaciones sexoafectivas. La mejor y más grande perla que atesoro es el desenlace: yo te pasaba a buscar en un fitito y nos ibamos juntos. Sí, juntos.
Atesoro igualmente cada uno de nuestros momentos vividos que, como te digo siempre y lo voy a sostener por siempre: cada encuentro fue un encuentro de amor, de deseo, de mirarnos y vernos. Y me hace muy bien volver a acariciar esos recuerdos, no con añoranza, sino con una felicidad inmensa por habernos animado a vivirlas.
No quiero extenderme mucho más.
Te dejo un abrazo muy grande, mis mejores deseos para vos, un beso (como el que nos regalamos cuando nos vemos y revivimos ese primer encuentro inmortalizado en nuestra única foto). Será hasta tu próximo saludo de cumpleaños.
Con el cariño, amor y deseo de siempre
Ariel
No hay comentarios:
Publicar un comentario