Nos amamos desde dos torres de soberbia y estupidez construyendo en conjunto algo indescriptible, aunque contemplamos su crecimiento inertes, sin darnos posibilidad de acción ni advertir cómo nos pusimos en lugares enfrentados.
Era simple: quebrar el arrogante silencio.
Pero estaba el miedo de dejar al desnudo el deseo que nos latía y dejar de creer que seríamos vulnerables cuando podríamos ser felices.
La explosión de nuestro choque planetario nos dejó sin riendas, no podíamos conducirnos, pero pretendíamos doblar la ajena montura.
¿Y si intentáramos no privarnos de esos abrazos desnudos que se expanden en la adherencia de nuestra pieles? No privarnos de las miradas intensamente eternas en la que sabemos que cada uno es el paraíso del otro, siempre coronando por un suspiro que sabe a "No lo puedo creer". No privarnos de fuegos en mi patio, de las cervezas en la plaza que se inician con promesas de mates, de bebidas y locuras varias esperando que el cielo aclare sin dormir, sin dormirnos.
No privarme de tus cataratas, ni yo de mis glaciares. Y seguir nadando en los museos de agua.
Hablamos el mismo idioma, con distinto tono, la misma palabra emergiendo de cada una de nuestras boca con un eco diferente y así llegando y retumbando en la cuenca del oído del otro, distinto.
Pero en ése devenir de circunstancias nos quedaron momentos de amores intensos, amor del encuentro, del mirarnos a los ojos, sonreír y seguir repitiendo como un mantra "¿Qué vamos a hacer con todo ésto?": incertidumbre que creo yo aún no tiene respuesta (y deseo tampoco un final).
Las cenizas de la mañana son la evidencia de que hubo fuego durante la noche
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